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Artículo publicado el miércoles, 19 de mayo de 1999 en el diario español Abc, sección
de Opinión.
El sábado 18 de abril incluyó un periódico leonés un interesante cuadernillo
titulado «Esfera de los libros —cien joyas del milenio», que recogía y comentaba brevemente cien
títulos de las principales obras de varias literaturas.
El director de la Biblioteca Nacional, Luis Alberto de Cuenca, apadrinaba la iniciativa periodística
con un elogio de la selección de aquel centenar de títulos, que representaban «lo más
granado que han producido las letras occidentales a lo largo de los últimos mil años».
No se trata de discutir aquí el acierto en la selección de este gran conjunto literario.
Si se hubiera encargado a veinte lectores distintos una selección personal de las mejores obras
escritas en el último milenio, sin duda habrían resultado veinte conjuntos diversos en cuanto
al número y en cuanto a los autores y títulos elegidos. La selección ofrecida por
el periódico es, en ambos aspectos, satisfactoria.
De las cien obras seleccionadas, sólo veintitrés fueron escritas por autores de lengua
española. De las restantes, cuarenta y tres se escribieron originalmente en inglés, quince
en francés, seis en italiano, tres en alemán, tres en ruso, dos en portugués y una
en cada una de las lenguas siguientes: latín, árabe, checo, danés y noruego.
Acompaña a cada título, además del nombre del autor, su retrato o caricatura, sustituidos,
cuando la obra es anónima, por un dibujo alusivo al tema; una palabra señaladora del género
literario, la fecha de publicación y una breve reseña en que se ponderan sus méritos.
Resulta extraño que, siendo la gran mayoría (exactamente el setenta y siete por ciento)
obras traducidas, se omitan sistemáticamente los nombres de los traductores.
Ya la proporción de obras originales y obras traducidas expresa hasta qué punto nuestra
cultura ha recibido el influjo de lo escrito en otras lenguas. Pero ese influjo no se habría producido,
o nos habría llegado con enormes limitaciones, si las grandes obras de otras literaturas no se
hubiesen traducido. ¿Cuántos lectores de lengua española, cuántos críticos
literarios, cuántos cultivadores de la literatura, pueden afirmar con verdad que, para leer a Homero,
a Virgilio, a Dante, a Shakespeare, a Camoens, a Goethe, a Ibsen, a Dostoievski, a Tagore (por citar sólo
a escritores de lenguas indoeuropeas), no tienen que valerse de traducciones?
Es indudable que nuestra cultura no sería como es, ni las obras de lengua española incluidas
en la relación citada serían lo que son, sin las traducciones que han hecho accesibles a
nuestros lectores las grandes obras de otras literaturas.
¿Por qué, entonces, no se menciona para cada obra extranjera el nombre del traductor que nos ha
hecho posible su lectura? Y en el caso, bastante frecuente, de que una gran obra haya tenido varias traducciones
al español, ¿por qué no se nos dice cuál de las traducciones se nos recomienda?
Lejos de hacerlo así, en la relación de las «cien joyas del milenio» se omiten sistemáticamente
los nombres de los traductores. Y esto se debe a lo que ya comenté hace años en mi libro
«En torno a la traducción». Decía allí (página 343) que nunca había
tenido entre nosotros la traducción el aprecio de que goza en otros países, señaladamente
en Alemania, cuyo máximo genio literario, Goethe, se expresó en estos términos: «Dígase
lo que se quiera de la insuficiencia de la traducción, ésta es y seguirá siendo una
de las tareas más importantes y más dignas del tráfico internacional».
En la relación citada se recuerda, al hablar de «La muerte de un viajante», de Arthur Miller,
al actor que encarnó a Willy Loman, el protagonista, en el estreno de la obra (el 10 de febrero
de 1949, en el teatro Morosco, de Nueva York); pero sólo se menciona el nombre de un traductor,
que sin duda habría quedado en el anonimato si el nombrado no fuese al mismo tiempo un gran poeta:
Jorge Guillén, que tradujo, con otros poemas de Paul Valéry, el «Cementerio marino». «La
traducción guilleniana —dice el comentarista, que firma sólo con las iniciales L. A.V.—
fue alabada explícitamente por el propio Valéry, que le escribió a Guillén
(1929): «¡Me adoro en español!».
En otro caso, al comentar el «Fausto» de Goethe, escribe Berta Vias Mahou que «el magistral manejo de
la lengua se puede vislumbrar incluso en la traducción». Se omite aquí también el
nombre del traductor, y el elogio de «una» traducción es al mismo tiempo censura de «la» traducción,
que, en general —parece insinuar la comentarista—, impide vislumbrar el arte del autor en el manejo de
su propia lengua. ¿No habrá casos en que, gracias al traductor, parezca la obra traducida de mejor
estilo que la original?
De muchas de las setenta y siete obras traducidas se han hecho varias traducciones al español.
Y a los lectores de nuestra lengua, para quienes se ha hecho la relación mencionada, sin duda les
gustaría saber cuál de esas traducciones se les recomienda, y a quién se debe esa
traducción. Teniendo en cuenta la brevedad de la nota que acompaña a cada título,
sería excesivo pedir que se dijera qué méritos la hacen preferible a las demás.
Pero el silencio total no es de recibo.
Hubo tiempos en que las traducciones al español se publicaban como si fuesen anónimas,
sin mencionar en los libros que las contenían el nombre del traductor. Se quebrantaba así
el derecho de los traductores a que se reconozca su nombre y su trabajo. Del mismo modo que sería
ilegítimo publicar un libro sin el nombre de su autor, es injusto publicar una obra traducida sin
mencionar el nombre del traductor. Y también los lectores tienen derecho a saber quién les
ha hecho posible la comprensión de un original que no habrían podido leer si alguien no
lo hubiera traducido.
Hoy no suelen producirse tales omisiones. Pero sí se cita con frecuencia a Platón o Aristóteles
sin saber griego; a Virgilio o a Horacio sin haberlos leído en latín; a Goethe o a Freud
sin entender su lengua; a Shakespeare o a Byron sin saber inglés; a Dostoievski o a Chejov sin
conocer siquiera el alfabeto ruso. Los más favorecidos con el don de lenguas desconocen la mayoría
de ellas. En este campo, como en muchos otros, tiene plena validez el virgiliano «non omnia possumus omnes».
Y debiéramos agradecer su esfuerzo a quienes nos hacen posible, con la traducción, el acceso
a los grandes tesoros literarios que, sin ella, nos serían totalmente desconocidos.
Una manifestación de este agradecimiento consistiría en honrar sus nombres al mismo tiempo
que el del autor original. Y esto no sólo en la portada de libros que no existirían sin
la traducción, sino también cuando se citan en español pasajes de obras traducidas.
Recientemente publicó uno de los mejores periódicos de Madrid, en lugar destacado, un buen
artículo de un científico conocido. Se incluían en él, entrecomilladas, ocho
o diez líneas atribuidas a un científico extranjero, sin decir quién las había
traducido. Si el autor de la traducción era el mismo del artículo, debió decirlo;
bastaría poner entre paréntesis, después de las líneas citadas: (traducción
mía). Si la traducción era de otro, cometió con él una injusticia. Al no citarlo
como autor de la traducción, quebrantó el primero de los derechos morales de los traductores,
que es el reconocimiento de su autoría.
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