Artículos de Emilio Bernal Labrada

de la Academia Norteamericana de la Lengua.
Algunos de estos artículos están también en Mundolatino.
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Índice hipertextual de los artículos:

Serie «Errores históricos de traducción»

  • El Cabo de Hornos
  • El Canal de la Mancha
  • La (escasa) importancia de llamarse Ernesto
  • De muros y murallas
  • La «ciencia ficción», ficción pseudocientífica

  • El «acta» de inmigración
  • Crítico criticado
  • Es tiempo de cambiar
  • La legitimación del bastardo
  • Carta abierta al público lector
  • Con el «corazón partido» pese a las «tácticas defensivas 101»
  • Los cuarentavos grammies…
  • Donde Santiago perdió el nombre, o cuatro Santos en uno
  • Clinton puso a Cuba «en China»
  • La desaparición de Miami
  • «Estaremos ahí» en caso de «daños personales»
  • Niños que duermen «en el estómago»
  • El español y el mundial: «Detras de» un balón
  • «Hombres zancos»
  • Detalles toponímicos
  • El «Army» y «todo lo que puedes ser»
  • La publicidad en «spanglish»
  • Presentadora que «sabe escribir»
  • La «estatura» de un difunto
  • Un «estrecho» de carretera
  • Lemas sin «electricidad»
  • ¿Alguien dijo hamburguesa?
  • «Les miserables» y una «míacubana» en la metrópoli
  • ¿Quién dijo Mayami?
  • «Bahamas», «Bermuda» y otros trastrueques caribeños
  • «Olor a rata» en la blanca jefatura
  • Un Oscar de «papel maché»
  • Y los perros y gatos… ¿no tienen derecho?
  • Recursos alocados
  • Las doce del «mediodía»
  • ¿«Caramelos» para Hilary, o Clinton?
  • Delitos graves, delitos leves
  • Acostarse a dormir, esperando por Morfeo
  • Muerte en escena
  • «Ejercitar» el voto
  • El «impeachment», la «so pena» y el «desprecio«
  • Nuestra «esperanza» del condenado a muerte
  • ¿Quién o qué es «emilio», «e-mail» o » imeil»?
  • Aniversario 130 del viaje a la Luna
  • ¿Quién hace política en los Panamericanos?
  • El espanglés en las noticias
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    El Cabo de Hornos

    La historia nos depara muchos errores de traducción, totalmente desconocidos para la mayoría de los mortales que no son traductores o lingüistas.

    Entre ellos se destacan los topónimos, por una razón muy sencilla que resulta evidente al conocerse el nombre en el idioma originario. Por ejemplo, pregúntese el lector de dónde surgió ese curioso nombre «Cabo de Hornos» en una región que, lejos de tener nada que ver con hornos, soporta un frío de los mil demonios. Estando como está muy próximo al polo sur, ese cabo de calor tiene bien poco, siquiera durante el verano austral.

    Vamos al origen, que es holandés-inglés: Cape Horn. Resultaría fácil conjeturar que procede de la forma cornuda del Cono Sur americano, que se transliteró «Hornos». Pero no. Su origen se debe al explorador Willem Cornelis Schouten, que dobló el cabo por vez primera en 1616, y le puso Hoorn en honor del desconocido pueblecito holandés donde nació. En inglés, el nombre perdió una «o» quedándose en Horn (lo que es lógico, pues los holandeses pronuncian la 'o' doble como en español 'coordinar'), y los españoles, confundidos, hicieron su propia transliteración a «Hornos». De ahí el equívoco topónimo.



    El Canal de la Mancha

    La toponimia francesa, como la de muchas otras lenguas, se basa mucho en la forma de las regiones. He aquí otra confusión de género muy parecido al anterior, pues tiene que ver con el nombre extranjero de un accidente geográfico, cuya copia al pie de la letra en español constituye un garrafal error.

    Si ese brazo de mar tuviera algo que ver con la región del Quijote, santo y bueno, «Canal de la Mancha». Pero nada de eso.

    Resulta que en el idioma de Voltaire y Víctor Hugo el canal se llama La Manche, cosa muy lógica, pues manche significa «manga», y el canal indudablemente tiene forma de manga: es largo y estrecho.

    Bueno, ni que decirles tengo que nuestra «Mancha» viene directamente de la ortografía francesa de «manga», y nada tiene que ver con ninguna mancha en el agitado estrecho marítimo que separa a Francia de Inglaterra. Y así, el canal que debió ser «de la Manga» se volvió «de la Mancha».

    En resumen, ni hornos ni manchas tienen nada que ver con los respectivos accidentes geográficos así nombrados.



    La (escasa) importancia de llamarse Ernesto
    Habiéndose cumplido recientemente el centenario de la obra de teatro del título, del inmortal Oscar Wilde, es oportuno señalar un garrafal error de traducción, ya histórico y por consiguiente prácticamente irreparable.

    Adivinen ustedes cómo se debió haber llamado la obra. ¿Se dan por vencidos? Bien, es difícil sin un buen conocimiento del inglés y un análisis retórico del título original.

    Pregúntese el lector: ¿por qué va a tener importancia llamarse Ernesto? ¿O Juan, o Pedro, o Zutano? El caso es que no la tiene, porque lo sustancial no es el nombre, sino la esencia. Bien lo dijo Shakespeare: «Una rosa, como quiera que se llamase, tendría la misma fragancia». Queda bien claro, pues, que ese no es el sentido que quiso darle Wilde a su título. Pero vamos al grano.

    Sencillamente, The Importance of Being Earnest es un juego de palabras, siendo que Ernest, nombre de pila —pseudónimo que usa uno de los personajes de la obra—, se pronuncia igual que earnest, que significa 'severo', 'serio'. Fíjense que Wilde escribió el título así, con a, Earnest, lo que significa que hacía hincapié en la cualidad, y no en el nombre, que se escribe sin a (no por llevar mayúscula es necesariamente nombre propio, ya que en inglés todas las palabras importantes de un título van así). Más aun, Wilde se burlaba de la ponderación que se daba en esa época victoriana a la severidad o seriedad espiritual. De lo que se desprende que el retruécano del famoso autor daba a entender:

    • 1ro.   la importancia (burla burlando) de ser severo o serio al profesar la fe religiosa, y
    • 2do.   la importancia de ser (no de «llamarse») el personaje cuyo nombre corresponde a esa cualidad.

    Lo que nos lleva a la conclusión de que la correcta traducción sería «La importancia de ser Severo» (nos viene al recuerdo el genio del desaparecido escritor cubano Severo Sarduy), ya que la voz 'severo' nos da el doble sentido de cualidad y nombre propio.

    De muros y murallas

    Esa infame barrera levantada por los soviéticos alrededor del sector occidental de la capital alemana, baldón que duró unos treinta años, ha sido, y sigue siendo, un error histórico de traducción que hasta ahora, que sepamos, ha pasado totalmente inadvertido. Nos referimos, para más señas, al llamado «muro de Berlín».

    ¿A qué se debe semejante fenómeno lingüístico? Pues ya ustedes lo habrán adivinado: al inglés. Más concretamente, en este caso, a las deficiencias del inglés, que nosotros calcamos campantemente. El vocabulario de ese idioma es copioso en algunos casos y escueto en otros, como este, en que la voz wall sirve lo mismo para «pared», que para «muro»…, ¡que para «muralla»!

    Lo que había en Berlín, y sigue en pie en algunos tramos —como especie de monumento a la maldad que imperó una vez en Europa del Este y la ex Unión Soviética— no es ni pared ni muro: es una muralla hecha y derecha. Por la altura, el grueso, los refuerzos, las alambradas, en fin, porque no es una simple hilera de ladrillos que separa dos aposentos de una armoniosa vivienda, sino una verdadera fortificación que en su época le sirvió al totalitarismo para aislarse de toda contaminación democrática. Una imponente barrera que, por su maligna mole, custodiada día y noche por soldados fuertemente armados, impedía que sus atrapados súbditos la franquearan y se escaparan de la esclavitud.

    Sépase de una vez y por todas, pues, que ese espanto que rodeó a la capital alemana durante casi tres decenios nunca fue un simple muro. Fue, sencillamente, una espesa muralla, de las que hoy quedan en pie en el mundo al menos dos que mucho se destacan.

    Una, muy concreta, es ya una especie de monumento histórico que, levantado hace unos dos mil años, hoy puede calificarse de símbolo de opresión: la Gran Muralla de China. La otra es una barrera natural —el hermoso mar Caribe—, que lamentablemente rodea y encierra a otro pueblo que merece mejor suerte, pero que ya lleva dos generaciones aherrojado a los caprichos de un tirano.

    No cabe duda de que, en su día, esas murallas también caerán.



    La «ciencia ficción», ficción pseudocientífica

    Vamos a escribir un libro para la educación científica de los jóvenes. ¿Qué les parece si decimos que es una obra de «ciencia-educación»? O un texto de matemáticas para estudiantes universitarios. ¿Cómo les parecería que lo clasificáramos en la categoría de «matemáticas-educación»? Por último, una novela del género romántico, la cual, para seguir la pauta establecida, figuraría en el grupo de «amor-ficción».

    ¿Verdad que suena un poquito raro? Entonces cabría preguntarnos por qué no suena tan extraño el tan singularmente rarísimo término de «ciencia-ficción». Pues por la sencilla razón de que, de tanto repetirse, el oído ya se nos ha acostumbrado y cuando lo escuchamos automáticamente lo interpretamos en el sentido de «ficción científica» o «fantasía científica», que es precisamente lo que es. O mejor aún, para abreviar el concepto a término univerbal: fantaciencia.

    No tenemos que recordarles a nuestros lectores de dónde procede semejante engendro, pues todos sabemos lo consabido —valga la redundancia—: es calco fiel del inglés «science-fiction», frase que un traidor (traemos a colación el clásico refrán italiano de «tradittore, «traduttore») vertió al español hace algunos decenios haciendo gala de un desconocimiento total, no ya de nuestro idioma, sino del idioma originario y del arte y ciencia de la traducción. Lamentablemente, en eso va a parar la lengua de Cervantes si dejamos que nos siga llevando de la mano un idioma que ya va siendo muy influyente en el mundo. No, no es el que piensan ustedes: se llama espanglés.

    Otro concepto que parece surgido de la fantaciencia es el de «transbordador espacial», engendro que no puede ser más disparatado, puesto que no es ni transbordador ni espacial. Alguien se ha limitado, sin el menor esfuerzo propio de imaginación, a calcarlo del inglés «space shuttle». Los transbordadores son vehículos, por lo general acuáticos, que hacen un recorrido fijo entre dos extremos a lados opuestos de ríos, bahías y estrechos marítimos, y que sirven mayormente para el transbordo de pasajeros, vehículos y carga de una orilla a otra. O sea que son una especie de puente móvil para el cruce entre puntos entre sí no muy distantes, digamos cuestión de horas.

    Pero esa no es la misión primordial de esas naves, que se dedican más bien a hacer estudios científicos, ensayos y trabajos astronómicos, y a colocar y recuperar satélites, etc. El concepto de estos vehículos es que, a diferencia de los primitivos artefactos en que salieron disparados los primeros astronautas como el hoy septuagenario (y otra vez astronauta) John Glenn, su diseño les permite volver a tierra para ser reutilizados. Ello dio lugar al término «shuttle», que en inglés da la idea de algo que va y vuelve, pero que en español es innecesario, puesto que todos, absolutamente todos los vehículos van y vuelven. Los que no, son proyectiles, como por ejemplo una bala, un obús, un misil intercontinental.

    Y por último, digamos que estas naves que van y vuelven no son «espaciales», puesto que no atraviesan propiamente el espacio sideral, sino que apenas se limitan a llegar al borde el mismo, entrando en órbita terrestre hiperestratosférica.

    Que cómo se llamaría entonces ese vehículo, preguntan con toda razón ustedes. Respuesta: ¿por qué no le damos una designación más descriptiva de su función, como «nave orbital» o, univerbalmente, «orbinave»? ¿No sería más lógico y natural que una falacia copiada del inglés?



    El «acta» de inmigración

    Ahora a los medios hispanos de información les ha dado por decirnos que el Congreso de EE.UU. ha aprobado «un acta» de inmigración (transliterado de Act of Congress). Bueno, eso estaría muy bien si lo aprobado fuera un documento en el cual se hiciera una proclamación, declaración o algo por el estilo, pues es ese el significado de «acta», según todos los diccionarios de que tengamos noticia (por ejemplo: el Acta de Chapultepec, se levanta acta de un juicio, de una reunión, etc.).

    Pero evidentemente no se trata de eso, sino de algo muy diferente y por cierto mucho más importante: es nada menos que una ley que otorga ciertos derechos y trato favorable a los inmigrantes a este país. Así que esperamos que no sea ni un «acta» ni tampoco un «acto», sino algo mucho más sólido y eficaz, sobre todo para los hispanos que en el presente y en el futuro deseen radicarse en Estados Unidos sin pasar tantos sinsabores.

    Por cierto que también nos han dicho en la prensa televisiva que los congresistas hispanos habían estado «peleando» por la medida legislativa. Bueno, esperamos que no se hayan intercambiado golpes, que es lo que da a entender esa palabra en nuestro idioma. Porque una «pelea» casi siempre implica algo de violencia física o al menos un altercado, una alteración del orden, aunque sea a gritos. Nos imaginamos, más bien, que lo que nos han querido decir es que los congresistas estaban «luchando», «esforzándose» o «haciendo intensas gestiones» por lograr la aprobación de tan importante medida.

    En resumen, que promulgar una ley es un «acto» —y no un «acta»—, y es cosa que posiblemente nos evite verdaderas «peleas» más adelante, que es lo que vamos a tener con los periodistas que así nos «ilustran».



    Crítico criticado

    El crítico cinematográfico de un programa farandulero muy simpático, pero con el raro nombre de «Edición Especial» (qué tiene que ver «edición» con el mundo del espectáculo, no tenemos la menor idea) tiene la amabilidad de darnos los equivalentes en español de los títulos de filmes. Es decir, nos hace una traducción a vuelo de pluma, por así decirlo. Agradecemos el esfuerzo, pero le pediríamos un poco más de cuidado, por favor (traducir no es cuestión de poner voces que suenen igual).

    Por ejemplo, días atrás nos habló de la nueva cinta «The Jackal» y acto seguido nos dijo: «o 'El Jacal' (¡!). Lo siento, pero la voz inglesa «jackal» se traduce «chacal». «Jacal», en cambio, es término hispanoamericano que significa «choza o casa miserable». Así que, según este crítico, el tema de la película no es un peligroso animal (símbolo de un avieso sujeto), sino una simple choza, cuyo simbolismo nos deja, por así decirlo, totalmente a la intemperie.



    Es «tiempo» de cambiar

    En un anuncio de automóviles, un joven le dice al padre que «es tiempo de cambiar» de vehículo. Bueno, entonces no hay mucho apuro, porque en nuestro idioma «tiempo» significa «estación», «temporada» y aun «época», y como todos sabemos, una época pudiera ser cosa de milenios, como la época de los dinosaurios por ejemplo. Lo que ha pasado es que no solo han calcado del inglés la voz «tiempo», sino la frase completa time to change, que no procede en nuestro idioma. Porque de las múltiples acepciones que tienen «time» y «tiempo» solo poquísimas se corresponden; dos o tres, si acaso.

    Si en este caso «tiempo» se usa erróneamente para denotar un momento, a seguidas nos precisa otro aviso que un programa se va a transmitir «a las ocho, tiempo este». Tiempo este que no entiendo, tiempo aquel que añoro entrañablemente, tiempo pasado que ya olvidé, tiempo futuro en que espero se respete el idioma como antaño. ¿No creen ustedes que es hora de arreglar este mal tiempo por el que estamos pasando, que ya tiene categoría de temporal permanente (valga la contradicción)?



    La legitimación del bastardo

    Ya sé, ya sé que el título está impactante, chocante, casi grosero. Pero no es con mala intención. Vean ustedes. El decano del periodismo norteamericano, «The New York Times», acaba de publicar un artículo que celebra el bastardo (sí, el bastardo) al que quieren algunos legitimar dándole categoría de idioma. (¿Ven que se justifica?) La colaboración se titula «It's the Talk of Nueva York: The Hybrid Called spanglish». Según este articulejo, el «spanglish» está muy bien porque muchos hispanos hablan así, combinando los dos idiomas, tomando voces prestadas de uno y otro y revolviéndolas como en una mezcladora hasta que casi no se nota donde termina uno y comienza el otro.

    Eso tiene un solo defecto: ¡equivale a despedazar dos idiomas a la vez! O sea, no hablar ninguno de los dos como se debe. Es destruir, que no construir. Es negativo, no positivo. Es como decir que delinquir está muy bien porque mucha gente lo hace. Y robar y asesinar también porque hay muchos ladrones y asesinos y, hombre, tienen que ganarse la vida.

    Nos habla el escrito de una tal señora Haubegger, editora de la revista «Latina», especie de órgano para hispanas supuestamente bilingües (tendrán que serlo para entenderlo) y de otra llamada por el estilo, «Generation Ñ», de reciente creación. Y de la mezcolanza de los dos idiomas, que es muy útil, según afirma, porque al usar las palabras y frases que vienen más pronto a la punta de la lengua, pues mejor.

    Nos aclara que en lugar de decir «estacionamiento» (porque dizque es voz muy polisilábica) usamos «parquin». Nada de eso, son los franceses los que han adoptado le parking. En todo caso nosotros usamos «parqueo», que es voz de pura cepa española, pues viene de «parque» y es moneda corriente en casi todos los países de habla hispana. Es verdad que mucha gente habla mal, pero eso no justifica el hacerlo. Muchos oficinistas, por ejemplo, hablan de «taipear» un texto, pero es porque olvidan o no saben que en español se puede decir «mecanografiar» o simplemente «teclear».

    Eso de combinar los idiomas estará bien como chiste o jarana, por un momento de chifladura. Pero adoptado ya como estilo de expresión, lo sentimos, no nos convence. Sería como decir que el que chapurrea macarrónicamente un idioma está a la par con quien lo cultiva y lo domina perfectamente, porque cada uno tiene su estilo. Díganselo a García Márquez, que está a favor de eliminar la ortografía y la gramática. Por ese camino, vamos directamente a la anarquía y el desbarajuste idiomáticos.

    Según el citado artículo, los hispanos decimos —y podemos decir, porque es perfectamente aceptable— toda clase de disparates. Por ejemplo, nos dicen que «fafú» es nuestra versión de fast food, cuando tenemos «comivete». Luego, «bacunclíner» es vacuum cleaner, olvidándonos de «aspiradora», y «roofo» equivale a «techo». Lo que demuestra que la autora tampoco conoce las reglas prosódicas y ortográficas del español, pues no creemos que se pronuncie «ro-o-fo» (al estilo de «coordinar»), sino, en todo caso, «rufo».

    Proclamar que el dialectal o coloquial «spanglish» es un idioma perfectamente aceptable es como darle carta de naturaleza al lunfardo o al caló. Son formas de habla de determinados grupos o regiones, pero no hay que ir al extremo de equipararlos, de darles categoría de igualdad con la castiza y hermosa lengua que nos legó Castilla.

    Lo que importa procurar en el español, como en cualquier lengua de su jerarquía e importancia mundial es la unidad y no el fraccionamiento. Bastantes problemas ya tenemos en el planeta con las divisiones políticas, sociales y económicas, para venir a agregarles las idiomáticas. ¿Que piensan ustedes?



    Carta abierta al público lector

    Con motivo de nuestro artículo «La legitimación del bastardo», aparecido en reciente edición de «La Información» (de Houston, Texas), nos escribió una lectora comunicándonos su opinión en atención a la invitación que hicimos en el propio escrito, que concluimos con las palabras «Qué piensan ustedes?»

    Opina nuestra lectora que los académicos nos hemos constituido en «árbitros lingüísticos de los idiomas del mundo», que pensamos que podemos «decidir cuáles idiomas, expresiones…, etc., tienen mérito y cuáles deben ser aniquilados». Añade que ha habido (hago paráfrasis) una masacre de los idiomas indígenas del continente americano, que «estos idiomas han muerto y siguen muriendo» (¿implicará acaso que nosotros somos los causantes o cómplices de ese hecho?), y pregunta que quiénes somos nosotros «para decidir que el castellano vale más que, por ejemplo, el maya o el quechua».

    Como es posible que otros lectores compartan semejantes conceptos, vamos a darle contestación para dejar sentados los principios lingüísticos en que se funda nuestro juicio y nuestra postura en pro de un español libre de impurezas.

    En primer lugar, cabe aclarar que ni los académicos —ni los profesores de idiomas ni ninguna otra autoridad— pueden decidir, por mucho que quisieran, cuáles idiomas o dialectos van a prevalecer o desaparecer, pues eso lo determina únicamente el uso. La evolución de los idiomas es el proceso más democrático que ha habido, hay y habrá en la historia universal, puesto que cada cual vota con su propísima lengua y lo que se impone, a la larga, es el uso. Ningún gobernante, rey o dictador puede imponer normas lingüísticas ya que, ¿qué va a hacer la policía, detener a todo el que —como decía un ingenioso amigo nuestro— hable con faltas de ortografía?

    De decenas de millares de idiomas que en el mundo han sido, han desaparecido todos menos un puñado. ¿Quién va a tener la culpa de la desaparición del latín, el griego de Sófocles y Homero, de los idiomas de la antigüedad prerromana y las antiguas lenguas bíblicas como el arameo? ¿No es casi indescifrable el propio español de la época de Colón, por no hablar del que aparece en las Glosas Emilianenses? ¿Acaso serán culpables los intelectuales y poetas que a través de la historia han moldeado y esculpido la fraseología, pulido la expresión y lijado las imágenes verbales para darles mayor luz y esplendor? Si es así, nos declaramos culpables, cada uno de nuestra ínfima cuota de responsabilidad que, acumulada históricamente —por así decirlo—, pone su grano de arena en el gran reloj lingüístico universal.

    Pero lo cierto es que ni usted ni yo ni nadie, señora, tenemos la más mínima culpa de lo acontecido a las lenguas desaparecidas ni en vías de desaparición. Aunque, por cierto, aclaramos que en ningún momento hicimos referencia a las lenguas indígenas de América —solo al lunfardo y al caló—, ni tampoco proclamamos la superioridad de ningún idioma por sobre otro. Simplemente hacemos constar hechos. Todos los idiomas son respetables y dignos; de eso que no quepa duda. Pero es un hecho que algunos están más difundidos que otros, tienen mayor número de hablantes o extensión territorial, y mayor influencia cultural, lingüística y aun política. Y la influencia de un idioma no se mide únicamente por el número de hablantes, sino también por factores históricos, sociales y económicos.

    Se da por sentado, por ejemplo, que el chino es el idioma presuntamente más hablado del mundo. Pero, ¿qué va usted a hacer, ponerse a aprender chino? Nada más inútil, ¿verdad? Pues, ¿con quién lo va a hablar, a quién le va a escribir y cuántos serán capaz de leerlo en su barrio de Los Angeles? Además, ¿a cuál o a cuáles de los dialectos se circunscribiría usted? Porque lo cierto es que el chino no es un solo idioma, ya que contiene centenares de dialectos, casi incomprensibles entre sí.

    De igual manera, ¿con qué objeto vamos nosotros los hispanohablantes a impulsar una variante del español —el spanglish, digamos—, a expensas del español universal que compartimos con 300 millones de habitantes del mundo? ¿Qué tal si los habitantes del Canadá francófono se volcaran a impulsar el «franglais» (francés contaminado con el inglés), y los hispanos de Quebec, por su parte, se entusiasmaran con el «spanfranglais» (mezcla de español, francés e inglés)? ¿En qué hermosa torre de Babel acabaríamos, eh?

    Si únicamente por la lógica y el idealismo nos guiáramos —la magnética atracción de lo ideal no siempre nos lleva por la ruta más práctica— para adoptar un idioma universal, ya hace rato que el mundo hubiera adoptado el sencillísimo y practicísimo esperanto. Pero, ¿qué grandes novelas o transcedentales documentos humanistas se han escrito en esperanto, o siquiera han sido traducidos a esa lengua? ¿Qué intelectuales, dirigentes o gente común y corriente se comunica en ese racionalísimo idioma?

    Creo que usted comprende, señora, a lo que vamos. Imagínese que el spanglish evolucionara en un reducto aislado entre las Montañas Rocosas del Oeste estadounidense, y que de aquí a doscientos años de repente se restablecieran las comunicaciones. Pues resultaría que los hablantes de ese reducto casi no se entenderían, por ejemplo, con los de esa tierra mexicana de donde proceden los antepasados de quienes usted con toda razón se enorgullece, con cuya población hoy todavía nos comunicamos sin mayores problemas.

    O sea que el principio que impulsa nuestro empeño es el de la unidad del idioma, el de evitar su fraccionamiento. La misión esencial de la Academia Norteamericana y de las demás academias es procurar la cohesión y uniformidad de la lengua. Y conste que no hablamos solamente de las veintidós academias del idioma español, sino también de las academias e instituciones que rigen otros idiomas de importancia mundial, como el francés y el propio inglés. Porque si nos dejáramos llevar por la ley del menor esfuerzo, hablaríamos no un dialecto sino múltiples, distintas versiones adulteradas de nuestra lengua, que a la larga serían incomprensibles en el resto del mundo hispanohablante. Y los mayores perjudicados seríamos, primero, nosotros mismos, y segundo, el resto del mundo hispánico.

    Por eso propugnamos el ideal interhispánico, y también americanista, de la unidad de la lengua española, que es lo que nos une y nos transforma en un importantísimo conglomerado humano dentro de cada país en que se habla y se cultiva, así como colectivamente en el ámbito internacional. Para decirlo en términos de actualidad, ¡Español sí, spanglish no! Y, sin menospreciar a ninguna otra:

    ¡Que viva nuestra lengua española!



    Con el «corazón partido» pese a las «tácticas defensivas 101»

    Ya sé, ya sé lo que están pensando. Que me he vuelto más loco que un cabro (acento en la a, no piensen mal)… Pero me limito a repetir lo que oigo y leo. Créanme que así lo he leído y escuchado, en la prensa y los noticiarios televisivos. (Para los lectores de Mundo Latino, aclaro que me refiero a la prensa hispana de Estados Unidos, donde la injerencia del inglés en el español es mucho más fuerte que viceversa.)

    Y si no, me remito a los hechos. Lo de «corazón partido» es, obviamente para los que vivimos en un país mayormente anglohablante, una versión literal de broken heart, que en nuestra cultura no se usa porque carece del sentido figurado que tiene en inglés. En nuestro idioma eso se llama «desengaño amoroso», «desilusión sentimental» o sencillamente «decepción». Lo único que se le aproxima es cuando decimos que algo nos «parte el alma», que es, por cierto, lo que nos pasa al oír semejantes dislates, dichos cuando tratan de disfrazar la lengua de Cervantes poniéndole ropajes de Shakespeare.

    Pero bueno, volvamos al tema. Leo un artículo sobre los intríngulis legales y sexuales del Presidente Clinton, obra del destacado columnista William F. Buckley, en que hacía él —perdón, el traductor, o mejor, como dicen los italianos, il tradittore, o sea el traidor que nos regaló su subversiva versión— la siguiente afirmación: «Tácticas Defensivas 101 figura entre las materias de estudio bien conocidas de la señora Clinton». Muy bien. Pero con ello el hispano que desconozca la cultura norteamericana se queda en el aire, pues eso de «101» no dice absolutamente nada. Habría que saber algo del plan de enseñanza universitaria estadounidense para estar enterado de que el nivel primario de una materia se indica con «101», clave numérica que va subiendo según avanza la dificultad del estudio.

    Ahora bien, en el contexto de la columna, «Tácticas Defensivas 101» no corresponde al remedio que ustedes se imaginan para esquivar esos chascos y despechos que nos depara la vida sentimental. Es, más bien, el remedio por el que, según el sagaz columnista William Buckley, opta «la señora Clinton, abogada experimentada, [para] desacreditar al fiscal especial» en la operación de ponerle la soga al cuello al escurridizo zorro de su marido. Todo el mundo sabe que ante el tribunal de la opinión pública no gana la razón —y menos la justicia—, sino el que mejor sepa manipular esos sentimientos a que aludíamos, que anidan en el ingenuo corazón popular —siempre dispuesto a pensar que las cosas son color de rosa, a creer que el bien ha de triunfar sobre el mal—. (Como lo pensaban los cubanos cuando les cayó el mal de lo que, con su proverbial «relajo», llaman la «robolución», y antes de ellos los judíos, cuando creyeron que Hitler no sería capaz del masivo exterminio que abiertamente les prometió.)

    En otras palabras, lo que nos quiso dar a entender el columnista es que, como solía decir Sherlock Homes, resulta «elemental» en cualquier caso —tratándose en este de la señora del presidente—, que para defenderse de una acusación la mejor estrategia es desacreditar al que plantea los cargos. Vale decir que la mejor defensa es la contraofensiva.

    Es evidente, pues, ahora que conocemos la clave y para seguirle la corriente a este engorro, que habrá que darle a ese «trujamán» —término antiguo que parece cuadrarle mejor que «traductor» al autor del desaguisado— un curso de «Traducción 101» como autodefensa contra la borrasca con la cual pretende asaltarnos el corazón (sin «partir») que nos mueve y conmueve el alma hispana que impulsa nuestro devenir en este «mundo ancho y ajeno» —como decía el gran escritor peruano Ciro Alegría—, en que le toca vivir al español de nuestros días.



    Los cuarentavos grammies…

    Aunque estamos muy complacidos de contar con un nuevo país hispanohablante llamado Estados Unidos, lo cierto es que está dándole algunos dolorcillos de cabeza al idioma de Cervantes.

    Así —juro por San Jerónimo, santo patrono de los traductores y trasladante de la sagrada Biblia que las palabras del título son cita textual— nos habló la presentadora al relatarnos los pormenores de la ceremonia de presentación de los «Premios Grammy» celebrada en Nueva York en estos días —y más de una vez, por cierto—. Y claro, como todo ello entró por «la carpeta roja», lo único que nos queda por decir es: ¡auxilio, que se ahoga el idioma en un mar de …! Bueno, como decía aquel sabroso dicho de mi tierra, «Mejor que me calle, que no diga nada…»

    Pero ya sabemos como son las cosas. Cuando se dé la centésima edición de este galardón musical, serán «los centavos» premios, ¿no? Y al llegar a 200 serán los «doscientosavos». Pregunta: ¿no será que están confundiendo los «Gramáticos» con las maniáticos o, mejor dicho, los ordinales con las fracciones? Puesto que la terminación «avo» indica fracción —la octava parte de 800 equivale a 100—, entonces un «cuarentavo» de un Grammy sería la representación del gramófono (antigua versión del fonógrafo) dividida en cuarenta partes, ¿no?

    Y no hablemos de la «carpeta roja» por donde entraron los «nominados» («léase candidatos»), que deben haberse apretujado bastante, puesto que para nosotros una «carpeta» es un legajo o cartapacio en el que se guardan papeles. ¿No sería que los candidatos a las diferentes categorías del premio (que ya son tantas que casi todo el mundo sale con media docena de «estatuillas» a cuestas) hacen su entrada triunfal o entrada «a bombo y platillo» en el excelso claustro de Radio City Music Hall? Por lo menos, nada tiene que ver ello con alfombra (carpet), ni tampoco da la idea que sugiere en inglés eso de «red carpet», que equivale a lujo, gala, festejo o suntuosidad.

    También nos dijeron los simpáticos presentadores, varias veces, que los ganadores se llevarían un premio «a casa», lo cual, aparte de bastante desusado en español, nos suena muy sospechosamente al dicho inglés «take home», que equivale entre nosotros a «ganárselo», «salirse con el galardón», o simplemente «llevárselo». Nos parece que a dónde se lo lleva —si a su casa, a la oficina o a casa de su novia—, ya es casa y cosa aparte, que sólo a los laureados les compete decidir.

    Ah, y casi nos olvidábamos de comentar eso de «los Grammies», es decir, esa curiosa pluralización (y por si fuera poco, ¡plural a la inglesa!). Si fuéramos a seguir ese patrón, entonces ya no hablaríamos de los Premios Nobel (acento prosódico en la e, por favor, porque aunque don Alfredo, el inventor de la dinamita, era muy noble de corazón, su apellido —en sueco y por lo tanto en los demás idiomas— lleva el acento en la última sílaba, o sea «Nobél»). Conforme a ese principio habría, naturalmente, que hablar de lo inaudito: de los «Premios Nobeles», y los de la academia cinematográfica hollywoodense serían los «Premios Oscares».

    Nada, que para facilitarles la presentación a nuestros queridos amigos del «Especial» farandulero vamos a darles una fórmula bien sencilla para estos casos: «la cuadragésima edición de los Premios Grammy» o, si les parece demasiado formal, «la edición número cuarenta…» Ah, y por favor dejen la «carpeta roja» en la oficina para los trámites burocráticos, pues en la ceremonia de la premiación está un poquitín fuera de lugar.

    Y como estamos en época de carnaval, no faltaba la traducción del término francés usado con referencia a las carnestolendas de Nueva Orleans, o sea al «Mardi Gras». Según la versión que amablemente nos han dado nuestros amigos de la Poca Visión para que entendamos de qué se trata, equivale a «Martes Gordo». Gracias, pero si vamos a irnos por la vía literal, esa sí que está «gorda». Ese día, que es el anterior al miércoles de ceniza y por lo tanto el último antes de la cuaresma, se conoce en la cultura nuestra sencillamente como «martes de carnaval». Dejémosle la «gordura» al francés, que tendrá sus motivos para dejarse seducir por ella, ¿no les parece?



    Donde Santiago perdió el nombre, o cuatro Santos en uno

    Complacemos a nuestros lectores —aunque con algo de retraso totalmente ajeno a nuestra voluntad— haciéndoles el relato ofrecido.

    Allá donde Santiago perdió el nombre, por cambiar un refrán y sin ánimo de ofender a nadie, es el lugar donde nacieron San Diego, San Jacobo y San Jaime. Todos y cada uno de los cuatro, aunque no vinieron al mundo simultáneamente, son variantes del mismo santo y el mismo nombre. Que cómo ha podido ocurrir semejante rompecabezas lingüístico-religioso, nos preguntan. Pues igual que ha sucedido con toda la evolución idiomática humana, desde que el hombre primitivo comenzó a comunicarse con sonidos.

    Primero fue el nombre de Jaime, en idioma israelita Chaim (hoy sigue siendo común éste y la transcripción anglojudía Hymie), que de alguna manera pasó a ser Jacobo. De Santo Jacobo, nombre originario de uno de los doce apóstoles de Jesucristo, surgió con el tiempo la abreviación Santiago. Más adelante se confundieron no solo el pueblo sino también los religiosos, y pensándose —a base de Santiago— que había un santo o personaje llamado Diago o Diego, surgió San Diego. A todas estas, cabe notar que en inglés el nombre se conserva intacto, al menos en cuanto al santo, que es uno solo: Saint James.

    Lo cual nos lleva a la onomástica y su parienta la toponimia, temas de gran curiosidad intelectual, dignos de acuciosa investigación. Peritos en la materia que conozcamos hay pocos, pero podemos citar al mexicano Gutierre Tibón, autor de la interesante obra «Onomástica Hispanoamericana», en que les sigue la pista a nombres, apellidos y toponímicos del continente, remontándose a la época de la antigua Grecia y Roma y aun más allá. Al hurgar en lo que pudiéramos llamar la la arqueología de la onomástica, nos ilustra de manera sorprendente y sobresaliente.

    A base de estas fuentes, entre otras —y sin ser expertos en la materia ni mucho menos—, damos a conocer algunos datos de interés en cuestión de nombres y apellidos. Como se sabe, algunos denotan lugar o procedencia (Santiago [precisamente], Sevilla, París, Valencia, Montes, Ríos, Fuentes, etc.), oficio o profesión (Herrero, Labrador, Ingenieros, Mestre (maestro), Lacayo, etc.), materiales (Piedra, Roca, Madero, Robles, Arenas, etc.) y colores (Blanco, Negrete, Rosado, Rojas, Pardo, etc.).

    Luego tenemos la gran categoría de los patronímicos, sin duda la más numerosa —al menos en cuanto al número de personas que los ostentan—, derivados del nombre de pila del progenitor. Como ocurre en casi todos los idiomas importantes, ello se suele señalar con un prefijo, o más frecuentemente con un sufijo. Es así es en el caso nuestro, que lo hace mediante con el emplo del simple sufijo ez. De tal modo resulta que tenemos de Sancho, Sánchez, de Fernando (o Hernando), Fernández (o Hernández), de Pedro, Pérez, de Ramiro, Ramírez, de Lope, López (aunque desusado hoy día, era nombre común en la época de Lope de Vega). Y por cierto, de Diego, Diéguez y su apócope Díaz.

    Ello ocurre en casi todos los idiomas. Por ejemplo, en inglés con son, como en Johnson; en sueco con sen/ssen, como en Johanssen; en irlandés con O', como en O'Higgins, héroe de Chile; en escocés con Mc/Mac, como en MacDonald; en Inglaterra con Fitz —del anglonormando fils, hijo— como en Fitzpatrick, el hijo de Patricio; en polaco con wicz o ski, como en Sienkiewicz o Krakowski (este último hijo de Krako, que probablemente tomó el apellido de la ciudad de Cracovia); en ruso con sky, como en Kerensky; en griego con poulos, como en Stavropoulos; en árabe con ibn, como en Abdul ibn Saud; y entre los judíos tradicionales con ben, como en Yakub ben Abraham, que viene a ser Jacobo, hijo de Abrahán.

    Dejemos para otra ocasión la historia de los títulos de respeto, como el inglés mister/mistress y nuestro don/doña. Sobre esto último les anticipo viene del latín domine, con lo cual se le atribuye al así apelado la cualidad de «dominador».



    Clinton puso a Cuba «en China»

    Nos acaban de dar una noticia que seguramente habrá dejado a mucho lectores patitiesos, por decir lo menos. Tiene que ver con el polikilométrico viaje —o viraje, tal vez— que hizo el Presidente Clinton a China y con la inevitable comparación entre la manera de tratar a ese país y el contrastante trato que se da al gobierno de la fidelísima isla caribeña.

    La noticia procede nada menos que de nuestros queridos amigos de la Agencia EFE, y cita textualmente al Presidente de la siguiente manera: «Estados Unidos tiene un mapa de carretera claro de lo que piensa hacer con Cuba». Ya sabíamos que la Casa Blanca cuenta con mapas de Cuba y seguramente de todos los países del mundo, pero no se nos había ocurrido que los iban a usar para fines de política exterior. Y como hace ya algunos años, por no decir decenios, que los estadounidenses decidieron descartar todo intento de beligerante pujanza —¿qué digo?, hasta de inocua influencia— para cambiar o modificar al actual régimen, ¿cómo se explica eso de «mapa de carretera»?

    Fue así como nos propusimos desentrañar el misterio e ir a la fuente originaria de la noticia, es decir, el inglés. Descubrimos que en los conceptos vertidos por el Presidente Clinton, este hizo referencia a «road map», lo que equivale, efectivamente, desde el punto de vista literal, al ya citado «mapa de carretera». Solo que al traductor de la noticia se le escapó un leve detalle: el famoso «road map» es únicamente una metáfora cuyo sentido no lo retiene en nuestro idioma la versión literal de la frase. En español un «mapa de carretera» es simplemente eso: un mapa en que aparecen caminos; nada más y nada menos.

    En cambio, en inglés, «road map» tiene un sentido figurado muy distinto: significa «plan detallado» o, si se quiere, «proyecto minucioso». Nada que ver con sistemas viales ni cosa por el estilo, aunque para ser consecuentes con la metáfora inglesa podría decirse que tienen un concepto muy claro del «camino que van a seguir», es decir, que ya tienen bien estudiada y trazada la trayectoria de su política respecto a la isla.

    Pero, yendo un poco más allá del normal ámbito de esta columna para incursionar en una materia que tratamos de evitar —la política— vamos a decirles lo que van a hacer los norteamericanos respecto a la Cuba fidelísima: NADA, absolutamente NADA.

    La parálisis que ha invadido su cuerpo desde el fracaso de Bahía de Cochinos, hace 37 años, sigue plenamente vigente en lo que a Castro se refiere, y nada ni nadie hará variar ese rumbo, pues tienen el piloto automático fijo en ese camino. En resumen, el «mapa de carretera» del gobierno norteamericano es una hoja en blanco en que no hay ni el más mínimo detalle. Hasta la ley Helms-Burton, tan invocada y cacareada, es letra muerta, pues su punto más trepidante ha quedado en el más indefinido (¿definitivo?) suspenso. Lamentablemente, como es un documento totalmente desprovisto de indicaciones y el derrotero ya está fijo, no hay perspectivas de flexibilidad, ni de iniciativas, ni de cambios ni de innovaciones.

    Ah, olvidaba decirles que el Presidente concluyó sus observaciones pronunciando estas perlas de sabiduría oriental, seguramente adquirida en su reciente viaje: «Sea cual sea la política que sigamos, hay que estar preparados a ser pacientes». ¡Vaya, hombre! He ahí un nuevo ángulo que no habíamos tenido en cuenta: la paciencia. Seguramente que si tenemos más de la chinesca paciencia —si dice el tango que «veinte años no es nada», ¿por qué nos vamos a preocupar de cuarenta?— todo se arreglará.

    Aquí viene muy al caso un criollísimo dicho cubano: «se la puso en China». Lo que, en el argot popular, significa que el objetivo es inalcanzable, práctica y humanamente inasequible. Creemos que en este caso, Clinton ha puesto a Cuba en China. Huelgan más comentarios.



    La desaparición de Miami

    No, no es un maquiavélico plan del poderoso y fidelísimo personaje que se ha afincado al sur de la península floridana desde hace casi una eternidad, aunque no dudamos que ello respondería a un devotísimo deseo suyo. Pero por un momento lo pensamos.

    Se trató de un programa de noticias en que nos advirtieron que, debido a no sé qué nuevo plan, van a «hacer desaparecer a Miami», y que quizá los residentes verían «desaparecer su ciudad».

    Siguieron diciendo que se cuestiona seriamente si «Miami debe seguir existiendo». En vista de semejante amenaza, no sé si los miamenses van a tener que salir huyendo en cualquier momento, o si van a quedarse y aguantar, como lo han hecho con tanta valentía con los huracanes que periódicamente los azotan.

    Por suerte, nos alivia participarles que nuestros amigos los periodistas televisivos se referían al sistema de gobierno de la hermosa urbe sureña, y no, claro está, a la presencia física de su ciudad. Lo que nos hace preguntar: ¿si es eso lo que querían decir, por qué no lo expresaron así?



    «Estaremos ahí» en caso de «daños personales»

    Nuestros amigos, los abogados, tienen la costumbre de decirnos en sus anuncios televisivos que «estarán ahí» para ayudarnos. (¿Será para ayudar a vaciarnos los bolsillos?) Vamos a averiguar dónde es ese «ahí» para alejarnos del lugar, por si acaso. Porque ese «ahí», amigos, es cosa del inglés, idioma en que nos dicen constantemente «we'll be there» para indicar que van a estar presentes, a nuestro lado, para apoyarnos en cualquier circunstancia adversa. En nuestro idioma eso de «estar ahí» es demasiado nebuloso para darnos la (poca) confianza que quieren infundir en nosotros. Sencillamente porque «ahí» puede ser cualquier parte: en su casa, en China o en la Luna.

    Sepan ustedes, amigos letrados, que en el idioma nuestro ese concepto se expresa de otra manera: «estamos listos para ayudarle» o bien «estamos listos y dispuestos…».

    Ahora bien, vamos a lo de «daños personales», frasesita que todos —absolutamente todos— los abogados emplean en los anuncios publicitarios que difunden por la prensa escrita y aérea estadounidense. Cualquiera se devana los sesos tratando de averiguar lo que quieren decir, ya que todos los daños son personales, incluso los que afectan a la propiedad, pues si la propiedad es de uno, ya se trata de algo personal, ¿no? Para solucionar el misterio tenemos que ir al inglés, en que vemos que «personal damages» es la frase de rigor para casi cualquier clase de adversidad.

    ¿Que cómo se expresaría en español común y corriente?: la fórmula nuestra es muy sencilla: «daños y perjuicios». Y si se quiere abarcar algo que en grado sumo entraña lo físico y «personal», por no decir lo íntimo, pues agréguese una palabra: «lesiones».



    Niños que duermen «en el estómago»

    Nos dicen en un programa, al darnos consejos sobre los bebés, que no conviene que los «niños» (parece que de repente ya no son tan bebés) duerman «en el estómago», ya que puede provocar una tragedia: es decir, la muerte por asifixia. Bueno, nunca hemos sabido de nadie —ni niño ni adulto—, que duerma en ese lugar, ya que es mucho más cómodo dormir en la cama, o en último caso en un sofá. Nos imaginamos que han copiado la frase del inglés («on their stomach»), ya que así se dice en la lengua de Shakespeare. En la de Cervantes, en cambio, la preposición «en» es para indicar lugar —en un hotel, en un dormitorio, en la cama, etc.— y no la posición del cuerpo. Para eso tenemos preposiciones distintas, como «sobre» o «encima» —se durmió sobre un tapete, encima de una tarima—. Pero en todo caso nuestro giro clásico, por así llamarlo, es otro: «boca abajo» o «boca arriba». Y dejen el estómago para lo que sirve, que es la digestión y no el sueño.



    El español y el mundial: «Detras de» un balón

    Una cadena televisiva a la que solemos llamar de Poca Visión (por buenos motivos, como se verá a continuación) ha acuñado un simpático lema para sus transmisiones de la competencia futbolística mundial. Dice así: «Treinta y dos países detrás de un balón». El concepto está muy bien. El defecto, lamentablemente, está en la redacción con «detrás de», frase prepositiva que denota posición. Por ejemplo, «la escoba está detrás de la puerta», «Ramiro se sentó detrás de sus amigos.»

    Si lo que querían decir era que los países están persiguiendo el balón, bueno, ya eso es otra cosa. Con haber dicho simplemente «tras», hubiera quedado más claro. O mejor aún, «en pos de». Si decimos «el detective iba en pos de las pistas como un sabueso» queda bien claro su comportamiento. Pongámosle, en cambio, la frase vitando a ver qué tal queda: «el detective iba detrás de las pistas…» ¿Verdad que parece como si las pistas estuvieran reunidas en un lugar, digamos en el asiento delantero de un vehículo, en tanto que el pobre detective viaja en la parte trasera del mismo?



    «Hombres zancos»

    Precisamente en la transmisión de la ceremonia inaugural del Mundial de Fúbol, en un programa que se precia de tener mucho «impacto», nos han comentado la amenización del espectáculo con «hombres zancos». No sabemos qué nos habrán querido decir con ese término. ¿Será que son como los «hombres rana», que a la vez que personas son como batracios? ¿En ese caso serían hombres que a la vez son zancos? ¿O serían acaso zopencos? No señor, nada de eso. Ni zancos ni zopencos. Todo el que viera la transmisión se habrá dado cuenta de que se trataba de personas («hombres» excluiría, sin razón, a las mujeres) con (o sobre) zancos, que es algo muy distinto. (O si no temen que en México los confundan con mosquitos, «zancudos».) Ahora solo falta que cuando aparezca un jinete en su montura, le llamen «hombre caballo». Lo que sería o una figura imaginaria de la antigüedad o bien una monstruosa pesadilla de grandísimo e indiscutible «impacto».



    Detalles toponímicos

    Para que lo sepan nuestros lectores, las ciudades francesas que antes tenían nombres castellanos los han perdido, al menos mientras dure este Mundial de Fútbol. Afortunadamente, hasta ahora parece que son solo dos: Burdeos y Tolosa, que según los comentaristas se llaman «Bordó» y Tulús» (transcripción fonética de sus respectivos nombres franceses, Bordeaux y Toulouse). Claro, la lista corre peligro de alargarse en cualquier momento, así que les mantendremos informados de la nueva geografía futbolística.



    El «Army» y «todo lo que puedes ser»

    Buenos los anuncios del Ejército de EE.UU., en que se anima a los jóvenes hispanos a entrar en esta rama de las fuerzas armadas para aprender oficios y profesiones y hacer carrera segura a la vez que defender al país en caso de hostilidades. Lo malo es que usan únicamente «army» y en ningún momento se dignan siquiera mencionar la palabra «ejército» —ni oralmente ni por escrito siquiera—, lo cual nos parece bastante raro y de pésimo gusto (¿insinúan que los hispanos no saben lo que es el ejército?).

    Pero aún más raro, rarísimo, es el lema, «Sé todo lo que puedes ser» («Be all that you can be»). Traducido en línea recta del inglés, es poco expresivo, tiene escasa inventiva y menos todavía lo que pudiera llamarse «pegajosidad». Es decir, no pega ni con cola. Más aún, «sé» es una forma verbal ambigua, puesto que puede corresponder al verbo «saber» o al verbo «ser». (Menos mal que le pusieron el acento, lo que permite dejar aparte, claro, la partícula átona «se», que cumple tantas y tan diversas funciones en nuestra lengua.)

    En fin, que el lema tiene al menos dos interpretaciones: «Yo sé (del verbo «saber») todo lo que puedes ser», y «Sé tú (del verbo «ser») todo lo que puedes ser». Por cierto que en el segundo caso, que parece corresponder a la intención del anuncio, no debiera usarse la forma verbal «puedes», sino el subjuntivo «puedas» (lo que hubiera eliminado al menos las dudas, pues ya no cabría el verbo «saber»). Pero ya sabemos que el subjuntivo es una de las interesantes y útiles características del español que resultan más difíciles para los anglohablantes, que son evidentemente los responsables de esta mala traducción y peor lema.

    Vamos a darles, pues, la solución, a sabiendas de que no se van a molestar en usarla, sino simplemente para que conste y para satisfacer la curiosidad y paciencia de nuestros lectores (¿que tal vez ya esté agotándose?): «Alcanza tu máximo potencial». ¿No les parece que queda más clara la intención?

    Yo sé, querido «Army», que tú también puedes alcanzar tu potencial, si quieres. Búscate una agencia publicitaria que no solo hable español, sino que piense en nuestro idioma.



    La publicidad en «spanglish»

    Por increíble que parezca, los ideólogos de la publicidad están usando el magín. No sabemos a qué agencia se debe el anuncio de camiones Chevrolet, pero los felicitamos por su inventiva.

    A fin de destacar el espacio adicional para pasajeros, ponen este ingenioso titular: «Acceso con seso». Muy sesudo su concepto, sin duda alguna. Hasta ahora los juegos de palabras en la publicidad en español han brillado por su ausencia, lo que le da un valor muchísimo mayor (por cierto que este es intraducible, y por lo tanto —¡qué milagro!— no ha sido copiado del inglés).

    Pero, ¿qué les pasó con el texto del anuncio? Bueno, lo que ustedes ya se imaginan. Lo agarró un experto en «spanglish» —sobre lo cual volveremos en un próximo artículo— y lo echó a perder.

    Una de las frases, refiriéndose a la amplitud del vehículo, dice así: «…ahora usted entra, sale, carga y descarga fácilmente … [y] recordará con agradecimiento a los astutos ingenieros que diseñaron esa tercera puerta con usted en mente». No negamos que sea español, pero con un inconfundible sabor anglicado en la expresión y la construcción (¿«recordará con agradecimiento»?). O sea que ha sido concebido pensando en inglés. Sin aburrirles entrando a analizar los pormenores, vamos a darles una redacción más acorde con el espíritu de nuestro idioma. Reza así:

    «… ya puede usted entrar, salir, cargar y descargar con mayor comodidad, gracias a la singular inventiva de los que, pensando ante todo en usted, concibieron esta ingeniosa tercera puerta.»

    Sobre el uso de «ahora» (en «ahora usted entra, sale,»…) cabe una aclaración. Es traducción literal de now que olvida nuestro expresivo «ya», mucho más atinado en este caso. Porque no es lo mismo «ahora (en este momento) entro» que «ya (de ahora en adelante) puedo entrar».

    Luego traducen —perdón, transliteran— el lema de los camiones poniéndolo en unos términos que tampoco corresponden a nuestro refranero popular. Porque el inglés «Solid as a rock» es una frase cuyo impacto no se presta a la traducción literal. No he escuchado jamás, en calidad de aforismo, en ninguna parte del mundo hispánico, la frase que nos quieren dar como equivalente: «Sólido como una roca».
    Eso, en nuestro idioma, corresponde a «Duro como la piedra». No es lo mismo, ¿verdad?

    Y para cerrar con el clásico broche de oro nos dicen que tal o cual dispositivo es «opcional» (optional) en vez de «optativo», que es más correcto. De milagro no nos aclaran que los camiones están «disponibles» en su agencia más cercana. Es la costumbre de transliterar available, como si diera lo mismo. En español lo que está «disponible» es más bien lo que se puede usar o aprovechar libre o gratuitamente, con solo pedirlo, desearlo o dar una indicación. La fórmula de cortesía «estoy a su disposición» no se traduciría «I am at your availability», sino «…at your service». ¿Ven ustedes que no hay correspondencia literal?

    Y, ¿cuál será, entonces, la fórmula castellana equivalente? Pues sencillamente «adquiéralo». ¿Le gusta nuestro camión, nuestro auto, nuestro etcétera? Pues adquiéralo en su concesionario más cercano.

    ¿Les gustaría expresarse en un castellano, claro, clásico y comprensible, inspirado en ágiles metáforas de puro sabor hispánico? Pues adquiéranlo siguiendo este sencillo principio: traduzcan conceptos, no palabras.


     
     

    Presentadora que «sabe escribir»

    En declaraciones informales y sin el más mínimo viso de retraimiento, nos ha dicho una presentadora de noticias de una importante cadena televisiva de Estados Unidos —nos vamos a abstener de hacer identificaciones— que «sabe escribir». Bueno, que sepamos nadie lo ha cuestionado, puesto que saber escribir —y seguramente leer también— debe ser requisito imprescindible para un cargo tan público y notorio.

    Pero si lo que nos ha querido decir la señora —cuya labor en general, para ser justos, es valiosa— es que sabe redactar, pues ya con la mismísima expresión empleada refuta su propia afirmación. Porque en buen castellano «saber escribir» equivale a no ser analfabeto. En cambio, lo que hace al buen periodista, ya sea de la prensa escrita, radial o televisiva, es «saber redactar» clara y correctamente la noticia, a fin de que el público la asimile fácilmente y sin ambigüedades.

    Acto seguido, y para colmo, le precisó a su interlocutor que una condición primordial para el éxito en su carrera era «tener fe en ti» (infiltración del «you», cuyo verdadero significado en este caso es «uno o sí (mismo)» . ¿Quién será ese imponderable entrevistador?

    Lamentablemente por tratarse precisamente de una presentadora de noticias, se trasluce claramente la solución del misterio lingüístico. No vamos a ponernos melodramáticos, pero son casi palpables las siniestras huellas de la anglicada jerga que invade silencionsamente nuestro idioma y mentalidad cultural.

    Dicho más llanamente, la señora ha pensado en inglés, idioma cuya simpleza (¡ojo, señor copista, no es lo mismo que «simplicidad») autoriza el uso del verbo «escribir» («write») lo mismo para el aprendizaje de escuela primaria que para la creación de una novela que para componer una canción.

    Y así nos has hecho, querida amiga, perder un poco «la fe en ti».



     





    La «estatura» de un difunto

    A propósito del hermoso monumento que le han hecho en Washington a Franklin Delano Roosevelt, el otro día oímos una noticia televisada en que la locutora afirmó que «la estatura» del finado presidente había crecido en el medio siglo transcurrido desde su desaparición.

    Lo cual nos pareció un poco extraño, para decir lo menos, ya que no creemos que los muertos crezcan. Y los adultos vivos tampoco, a no ser de circunferencia, y generalmente por la región céntrica del cuerpo. En español «estatura» tiene una sola y bien precisa acepción: altura de una persona.

    Lo que quiso decir, evidentemente, fue que la figura de Franklin Roosevelt se ha agigantado, se ha engrandecido con la perspectiva histórica. Porque decir que ha «crecido de estatura» —bueno, lo siento, pero no trago—. Roosevelt dejó de crecer alrededor del año 1900, y después de muerto probablemente se contrajo un poco. Así que…

    En inglés, «stature» prácticamente no se usa en su acepción de «altura de la persona», empleándose cotidianamente, en cambio, para señalar el prestigio, grandeza, importancia o valía de la personalidad, que es otra cosa.

    Así que todo depende de cual de los tres idiomas vamos a hablar: inglés, español… o espanglés.



    Un «estrecho» de carretera

    ¿Un «estrecho» de carretera equivale a una carretera estrecha? ¿O a la parte angosta de una carretera ancha? Al que sepa la solución de este acertijo, le rogamos el favor de hacérnoslo saber para dejar de rompernos la cabeza. Gracias anticipadas.

    A no ser que investiguemos esa nueva lengua a que hemos aludido, el «espanglés». Lo traemos a colación por lo que ya ustedes de memoria se saben: lo dijo un locutor televisivo, así: «hubo un grave accidente en un estrecho de carretera interestatal».

    Claro, ya ustedes se habrán dado cuenta de que ese «estrecho» (en español, paso marítimo, generalmente angosto; de ahí su nombre) es una transliteración del inglés «stretch», voz que en la terminología vial no corresponde a estrecho.. Pero sí «es trecho» (dos voces, no una), o para esquivar la confusión: tramo. Pero claro, nos referimos a una lengua bastante rara y poco conocida: se llama español.



    Lemas sin «electricidad»

    Aunque cueste creerlo, Estados Unidos se vuelve rápidamente país bilingüe. En la televisión, la telefonía, la radio y la prensa escrita se puede escuchar el español o bien optar por mensajes, opciones o subtítulos en nuestra lengua. Lo cual sería mucho más grato para nosotros los hispanos (o «latinos», como parecen habernos bautizado) si los dos idiomas fueran español e inglés, en vez de inglés y spanglish.

    Por ejemplo, hablemos de la curiosa traducción del lema publicitario de una gran compañía que fabrica aparatos en General Eléctric-os. ¿Estamos claros? Créase o no, dice así: «Creamos cosas buenas para la vida». Como traducción del lema inglés, deja mucho que desear. Y como lema español, muchísimo más. El original —«We bring good things to life»—, es al menos un buen juego de palabras, pues tiene un doble significado:

    1. damos «vida» a cosas buenas, y
    2. brindamos cosas que son buenas para la vida.

    Pero la versión española desperdicia esa posibilidad y nos da solo el segundo significado, en forma bastante ramplona, por cierto. ¿Qué tal si le damos una mano a la monumental empresa para que salga del atolladero? Algo así como…

    Ah, señores de la electrificación general, ¿pensaron ustedes que les íbamos a dar el lema, así como así? Pues no precisamente, aunque sí les vamos a dar algunas fórmulas que les estimulen el magín, de modo que no van a malgastar su tiempo totalmente.

    Como los lemas tienen que ser frases impactantes de simpatía, ingenio y sabor popular, no pueden ajustarse a los moldes del pensamiento en idioma ajeno. Por eso es que suenan a moneda falsa cuando no los acuñamos en nuestro idioma y nos limitamos a traducir las palabras de un original exógeno. El plúmbeo sonido de la falsificación no es el alegre cascabeleo de la frase autóctona engendrada en la ingeniosa picardía de lo hispano, sino el sordo rumor de un material antipático y contrahecho.

    Es el contraste entre la pesadez del plomo y el tintineo de la auténtica plata de la simpatía, moneda de curso corriente y «legal» en nuestra lengua, con la que cerramos los tratos del espíritu y del alma, más que los puramente mercantiles. Porque el entendimiento, en su sentido más profundo y verdadero, viene a ser una comunicación espiritual.

    Y la comunicación que nos da la empresa General es una desilusión no solo por el lema, sino en cuanto al texto en sí, que nos dice: «…olvídese de toda preocupación por las inevitables salpicaduras, derramadas y chorreadas». Para decirlo en los términos más sencillos y fácilmente comprensibles, señores de la «ineléctrica» comunicación, hay que cambiar la categoría gramatical de sustantivo («derramada») a verbo, así: «olvídese de todo lo que se salpique, derrame y chorree».

    Ah, y las fórmulas para el lema, que casi se nos olvidan: Algo así como «La inventiva al servicio de nuestros clientes», «Crear es el arte de vivir mejor», o «El ingenio, puesto a sus órdenes». Si les gusta, estamos a las suyas.



    ¿Alguien dijo hamburguesa?

    Así lo expresa, más o menos, el anuncio publicitario —por lo demás bastante simpático— de una cadena que podríamos llamar Maldonado. (Por cierto, según los peritos en la onomástica, el apellido «Maldonado» no es más que una castellanización del que hoy nos trae la comida relámpago de estos comivetes.) Pero bueno, el caso es que nos tergiversa, así, gratuitamente, nuestro peculiar y singularísimo gracejo. ¿Cómo?, se preguntan ustedes. Pues sencillamente se toma el lema en inglés y se traduce al pie de la letra. De modo que «Did somebody say…?» se transforma en «¿Alguien dijo…?»

    Pero nuestra fraseología popular no es así. Si no, fíjense que solemos decir «¿Quién dijo miedo?», y no «¿Alguien dijo miedo?». La pregunta de rigor para cuestionar la sabiduría de una decisión es siempre «¿Quién dijo?», y no «¿Alguien dijo?» Y recordemos que cuando alguien manda callar con un impertinente «ssssst», la pregunta con que nos burlamos jocosamente del «mandón» es «¿Quién se desinfla?» y no, claro está, «¿Alguien se desinfla?». Así que ya saben, señores de Maldonado, a poner el sabor de la publicidad a la altura que supuestamente tienen las papas fritas.

    No hay que confundir la «gimnasia» con la «hamburguesa», ¿no?



    «Les miserables» y una «míacubana» en la metrópoli

     

    Este menjurje tiene su explicación. Pero vamos por partes.

    Víctor Hugo, autor de la inmortal novela que dio origen a múltiples obras de teatro y filmes homónimos, estaría sin duda contento, contentísimo, de ver que en inglés se le conserva su título francés. Y así, en francés, nos lo ha dado un excelente noticiario «tele-mundial» al que le criticamos los detalles sólo porque también le elogiamos los aciertos: una excelente pareja de presentadores cuyo uso de nuestro idioma es, en términos generales, pulcrísimo. (Nota para los lectores de Mundo Latino: se trata de una cadena hispana, Telemundo, con base en EE.UU.)

    Pero bueno, a las «miserias» de esta vida. Lo que es en español, no estoy muy seguro… de que sea correcto dispararnos el «franchute» como equivalente. Voy a contarles por qué: el título «Les Miserables» no se traduce fácilmente al inglés. Sencillamente no tiene equivalente breve. Imagínense: «The Miserable Ones» no da el significado del original, y «The Poor Ones» tampoco. Así de sencillo. Solución del productor de la obra teatral (y antes, de otras adaptaciones): dejar el susodicho en el original francés.

    Ahora bien, lleguémonos al español, por así decirlo. Tenemos el equivalente perfecto, usado desde que se publicó la primera versión castellana hace siglo y medio: «Los Miserables». Entonces, amigos, ¿por qué dar el nombre en francés, aunque fuera con la mejor pronunciación parisina?

    Dieron la noticia por el interesante dato de que desempeña un importante papel en la obra de Broadway una de las pocas artistas hispanas que trabaja en la «gran vía» de la Babel de Hierro, una «míacubana» (es decir, una cubana de Miami). Si me lo permiten ustedes, amables lectores, voy a atraverme a acuñar este nuevo gentilicio, que mucha falta hace; tanto como, por ejemplo, «nuevarriqueño» (puertorriqueño de Nueva York) o «texmexicano» (mexicano de Texas). Por cierto que «míacubano/a» se debe pronunciar tal como se escribe, y no, por favor, «mayacubano/a» —al estilo inglés—, pues del pueblo maya nada tienen los cubanos miamenses).

    En todo caso, y para concluir, el presentador calzó el episodio diciéndonos que la famosa obra se sigue presentando con todo éxito en «la metrópoli».

    Los estudiosos de la lengua sabrán que nuestro querido locutor quiso decir «metrópolis», que significa urbe grande, y no «metrópoli», que no quiere decir «ciudad», sino algo muy distinto: país colonizador respecto del colonizado (por ejemplo, lo que fue España respecto a los países hispanohablantes de América).

    Rindámosle tributo a nuestra ex metrópoli, con las glorias artísticas de nuestra hispanidad, que no con las «miserias» idiomáticas engendradas en la metrópolis del Atlántico estadounidense.



    ¿Quién dijo Mayami?

    ¿Por qué se está imponiendo en español la pronunciación inglesa de la hermosa ciudad que acaba de ganar la Serie Mundial de Beisbol? Pues por la misma razón por la que algunos pronuncian «Flórida» en vez de «Florída», en errónea imitación del inglés: olvidamos que esta región fue fundada y explorada por españoles, y que su toponimia es en gran medida de origen castellano. Por ejemplo: «Orlando», «Pensacola», «Cabo Cañaveral», «Pómpano» (del pez «pámpano»), «Cayo Largo» y «San Agustín». Por cierto que San Agustín de la Florida —para dar su nombre completo—, fue la primera y por ende la más antigua ciudad fundada en Norteamérica, más de un siglo antes de que los ingleses establecieran la colonia de Jamestown en lo que hoy es el estado de Virginia.

    «Miami» es el nombre que los indígenas le daban al lugar a donde, llegando el ferrocarril de Henry Flager, se fundó la ciudad, y lo más probable es que, al poblarse luego de anglohablantes, trataran estos de pronunciarlo según sus propias normas. Y, claro, nosotros lo copiamos tranquilamente.

    Lo cierto es que en Latinoamérica la pronunciación mayoritaria es «Miami», no «Mayami». Y aquí tienen la prueba concluyente: ¿cómo se dice, «miamense» o «mayamense»?



    «Bahamas», «Bermuda» y otros trastrueques caribeños

    Cabe traer a colación los nombres de muchos lugares de nuestro hemisferio que, ya sea en inglés o en español, han resultado corrompidos por la pronunciación y ortografía ajenas.

    «Bahamas», por ejemplo, no es más que un mal «rebote» (del español al inglés y de vuelta al español) de su nombre originario, «Islas de Bajamar», dado que así las bautizaron los españoles por el poco fondo que tiene el mar en toda esa zona. Con «Bermuda» aconteció lo propio, a base del nombre de su descubridor, el explorador Juan de Bermúdez. Una de las Islas Vírgenes se llama «Tórtola», pero muchos hispanohablantes la pronuncian «Tortóla», en imitación del inglés.

    Y con Key West tenemos un ejemplo de nombre inglés tomado equivocadamente (por su sonido) del español, Cayo Hueso. Por suerte aún no hemos llegado al extremo de trasladarlo de nuevo al español, imitando el sonido inglés, ¡lo cual nos daría «Cayo Hueste»!



    «Olor a rata» en la blanca jefatura

    Un conocido periodista televisivo de la cadena de Poca Visión, nos habla del último escándalo de la Casa Blanca clintoniana y, muy amablemente, nos traduce las palabras de uno de los ayudantes del presidente, que acaba de manifestar, en un derroche de la más pura jerga callejera: «I smell a rat». Traduciendo la frase palabra por palabra, nos ha indicado el susodicho que el señor «huele una rata». Tiene razón; hace tiempo que esa residencia tiene un olorcito un poco raro, por decir lo menos.

    Aunque indudablemente no ha sido esa su intención. Pudiéramos señalar, sin temor a exagerar, que parece que ese hedor lo ha soltado bastante intensamente —aunque desde luego de modo involuntario— el propio periodista, cuya pestífera selección de vocabulario seguramente ha dejado totalmente patitiesos a sus televidentes. En primer lugar, los ha sumido en el más medieval oscurantismo, puesto que en nuestra lengua no queda claro el sentido figurado de la frase, con lo cual nos deja únicamente el no muy agradable sentido recto.

    A no ser que, digamos, la rata en cuestión sea residente de la casa presidencial y esté perfumando los alrededores con su presencia y con los ingeniosos ardides con que se burla de la gatuna vigilancia de todos —o casi todos— los demás, por no hablar de la Gata número uno (¿que acaso sea cómplice y encubridora?).

    Pero bueno, vamos a la buhardilla (eso que los anglófilos llaman «ático») donde se esconde ese roedor, que no es otra cosa que el «slang» o argot vernáculo norteamericano, en el cual el significado de la curiosa expresión nada tiene que ver con ratas ni ratones. «I smell a rat» significa, muy sencillamente, que hay algo muy sospechoso en la noticia, en su fuente o en la interpretación que se le pretende dar.

    Lo cual, pensándolo bien, no resulta tan sorprendente. Porque últimamente en esa residencia están pasando cosas ligeramente sospechosas. Es más, dicen que entre la cortina de humo que surge de su chimenea está empezando a regarse un leve aroma a descomposición. ¿Será eso, tal vez, lo que ha querido indicar, sin quererlo, el portavoz de esa residencia (ya no tan) blanca?

    Por mi parte —ya hablando más en serio, me niego a dar por supuesta, y menos aún por cierta, la culpabilidad de nadie en este engorroso asunto. Salvo, claro está, la de los periodistas, cuyo uso y abuso del idioma español es tan claro y patente que, por abundancia de pruebas, no precisa mayor demostración.



    Un Oscar de «papel maché»

    Vamos a darle un premio a un programa muy «impactante» que se difunde por la televisión hispana de Estados Unidos. Y viene muy a propósito, pues en el mismo también nos hablaron de la ceremonia de premiación hollywoodense de este año, que fue la septuagésima primera de la ya histórica serie de los Oscar. (No sé cuántos presentadores habrán dicho «setentayunoava» como suele suceder con con precisa y compulsiva regularidad, olvidando que el sufijo «ava» denota fracción, como en «centavo», «octava», etc.)

    Lo cierto es que, como dijo uno de esos sabios comentaristas faranduleros, la ceremonia de autofelicitación —aparte de larguísima y aburrida— estuvo muy «casual» (entiéndase «informal», o mejor diríamos, en este caso, «carente de seriedad»). Los chistes de la maestra de ceremonias fueron, para variar, de tono vulgar, burlones y en general de mal gusto.

    Pero bueno, no todo fue negativo. Por lo menos tuvieron el buen gusto de escoger filmes no precisamente hollywoodenses («Elizabeth», «Shakespeare in Love», y «Life is Beautiful» [desconocemos aún los títulos castellanos]), así como al actor italiano Roberto Benigni y a la europea e hispanohablante Gwyneth Paltrow como merecedores de los premios más importantes.

    Como siempre, salió a relucir de alguna manera la inclinación política de la meca del cine, pues Hollywood —industria que al fin y al cabo vive de la mentira— se ocupó de defender, no tan sutilmente, al grande y confeso artífice de ella que por artes «ocultas» y algo de prestidigitación rige los destinos del país y, pudiera decirse, del mundo. Y se burlaron, claro, de quien tuvo el triste encargo, por designación oficial de la Procuradoría General, de esclarecer la verdad de hechos que ya son de todos conocidos pero que todos (casi) han preferido echar en saco roto por estimarlos indignos de consideración, como si diera lo mismo decir una burda mentira que una verdad como un templo.

    Dicho esto, y por mor de un equilibrio justiciero, elogiemos a Hollywood por el valor que tuvo en otro punto político. Nos referimos al premio a Elia Kazán, director que ha sido polémico desde la época en que el ámbito cinematográfico norteamericano simpatizaba con el estalinismo internacional. Kazán tuvo la osadía de citar por su nombre a algunos de esos simpatizantes (sin consecuencias, pues ya desde antes habían sido de sobra identificados). Lo cual no estaba exento de valentía, pues lo expuso a buena ración de críticas y discriminación durante buen número de años. Pero Hollywood superó ese prejuicio —tildado con el mote de «macartismo», como si se pudiera comparar con la inhumanidad del estalinismo— y le otorgó el galardón al director de múltiples filmes de renombre universal —«Viva Zapata», «On the Waterfront», «Mean Streets»— que pusieron en primer plano a Marlon Brando y al genial Robert de Niro.

    Y para concluir esta «ceremonia», que para honrar a Gracián ha de ser breve, vamos a otorgarle el premio Oscar del disparate a la presentadora de ese programa tan «primeramente impactante» que, además de comentar el acto hollywoodense, nos habló de unas esculturas de «papel maché», hechas por una artista que sospechamos tampoco sabe cómo se llama ese material en español. Se trata, estimados amigos, de una pasta hecha de cartón o papel, yeso y aceite secante, que se endurece y permite hacer toda clase de figuras.

    Esa pasta recibe en francés el nombre de «papier maché» (literalmente, «papel masticado»), término que ha adoptado tal cual el inglés. Por si acaso, en español se llama CARTÓN PIEDRA. Motivo por el cual, les entregamos simbólicamente un Oscar de ese material a esas (eso sí) simpáticas presentadoras.

    Pero el Oscar de puro «papel» se lo tenemos que adjudicar, sin discusión, a Hollywood.



    Y los perros y gatos… ¿no tienen derecho?

    Caminando por la capital de Estados Unidos, a pocas cuadras del capitolio, nos encontramos con un edificio cuyo rótulo dice así: «Asociación Nacional de Personas Retiradas». Es la versión española, dada por la propia entidad, de la AARP, «National Association of Retired Persons». Bueno, aquí se impone obligatoriamente una pregunta: ¿y qué pasa con los perros, gatos y demás criaturas de Dios? ¿No tienen derecho a retirarse, a jubilarse, a descansar del diario bregar?

    Nos ilustra ello los disparates que se copian del inglés, idioma en el cual también está errado el nombre de la entidad, pues bastaría con decir retirees, o sea «retirados» o «jubilados», sin necesidad de decir que se trata de personas, detalle evidentemente sobreentendido. Y es que en inglés, idioma de exquisita simplicidad, casi diríase de ingenuidad, es común y corriente la redundancia en el habla y la escritura, y más específicamente en el empleo innecesario de los términos «person/s» y «people» cuando es claro que no se puede tratar sino de seres humanos.

    Dicen, por ejemplo, «two persons were injured» y así nos lo traducen literalmente los noticiarios: «dos personas fueron heridas», cuando el español, que es más lógico y (en este caso) más conciso, se limita a decir que «hubo dos heridos». Nos hablan con inusitada frecuencia de «people's minds», «people's thinking», cuando es sabido, desde épocas prehistóricas, que el único ser pensante en la tierra es el hombre. Hemos oído, créase o no, versiones literales de esta frase -«la mente de la gente»-, cuando lo natural sería decir «el concepto popular», «la creencia general», o bien «se piensa», «se considera», etc. Hoy precisamente oímos a unas presentadoras de mucho «Impacto» decir que cierto objeto «puede herir a las personas», traducción literal con que no solo nos hieren el oído, sino que hieren a nuestro idioma, en el que diríamos sencillamente que «puede herir», o mejor aun, «hiere», «corta» o «lesiona».

    En el diario popurrí de dislates que nos disparan los medios informativos, tenemos, precisamente, el que nos brinda a cada rato la cadena de la «Poca Visión» -con el agravante de su eterna repetición-, mediante el siguiente anuncio: «Este es un breve informativo…» Esta frase se abreviaría —y quedaría mucho mejor, aparte de serle más fiel a su nombre— eliminándole el «este es», muletilla copiada del inglés, en que todo empieza con «this is» por la ingenua creencia de que toda frase tiene que ser una oración completa, con sujeto, verbo y predicado. Nada más falso. En español se puede construir una frase con una sola palabra: «Llamémoslo», «Sépanlo», «Ejecútese», etc. En el caso de nuestros amigos «encadenados» al inglés, podrían decir tranquilamente «Breve informativo» y punto.

    Bueno, en uno de esos informativos «no tan breves» nos comunicó una presentadora, respecto a una pelea boxística objeto de exagerada propaganda, que más tarde nos iba a decir «todo alrededor del combate». Muy bien, pero sería «todo lo relativo al combate», porque lo que está «alrededor» del mismo es el cuadrilátero, eso que los anglófilos llaman el ring, porque antiguamente los contrincantes lidiaban dentro de un círculo, alrededor del cual se aglomeraban los espectadores. Y aquí paramos de contar, porque el análisis de la jerga deportiva sería una historia demasiado larga y la vamos a dejar para otro artículo, no sea que nuestros estimados lectores se nos «retiren» y pasen a otras noticias más interesantes «a las personas» (en cuanto a perros y gatos es cuestión que seguirá sumida en el más profundo misterio).



    Recursos alocados

    Nada menos que una concejal de la Ciudad de Nueva York ha declarado públicamente que quisiera determinar «cómo se están alocando los recursos» del presupuesto escolar en la Babel de Hierro, a fin de fiscalizar mejor los gastos, de conseguir mejores resultados.

    Efectivamente, tiene que ser ésta una afirmación de la más pura locura. Nunca se nos había ocurrido, ni por asomo, que los recursos pudieran «alocarse», pero ahí lo tienen ustedes. Creíamos que era algo que podría afectar a la gente o, en caso extremo, que pudiera hablarse de una situación «alocada». Pero ya sabemos de dónde procede esa locura que parece haber afectado a los recursos. Seguramente que nuestros lectores también lo habrán adivinado: del allocate del inglés, que nada tiene que ver con la demencia, sino únicamente con «asignar» o en todo caso «distribuir».

    Vamos a ver si la concejal neoyorquina recupera un poquitín de su cordura para rectificar semejante contrasentido.

    El grandioso futuro de la telefónica. La gran telefónica nacional estadounidense sigue fallándonos con su publicidad. «¿Cómo tú construyes un futuro mejor?», nos pregunta en un anuncio que por lo demás no está tan malo. Pero la preguntita, copiada palabra por palabra del inglés -«How do you build a better future?»-se las trae, puesto que en buen castellano adolece de tres defectos. ¿Saben cuáles son?

    Pues primero, el «tú», que según las normas gramaticales debe ir, en la interrogativa, después del verbo: o sea, «¿construyes tú?», «¿haces tú?». Y segundo, en fin de cuentas el «tú» sobra, puesto que ya está dado por el verbo (no podría decirse «construyes usted», ¿no?).

    El otro defecto es que en español el futuro no se «construye», no siendo ese el verbo que va con el concepto. Más natural sería decir algo por el estilo de: «¿Cómo te forjas (o te labras, o te haces) un futuro mejor?» Así de fácil sería evitar tan lastimosas fallas.

    Pero velar por la vigencia de las normas gramaticales no es tan sencillo, puesto que ya nos lo ha dicho, justamente en el mismo programa, una presentadora de noticias, afirmándonos tranquilamente que «hay que enforzar la ley». Esta copia literal de enforce sí que se las trae, dado que «enforzar» es sencillamente voz inventada por ella en forma tan «alocada» como lo hizo nuestra amiga, la concejal . Lo único que se le parece remotamente es «esforzar», que explica lo que tuvimos que hacer nosotros -esforzarnos- para interpretar lo que nos quiso decir con su invento la señora. De paso, señaló que a falta de ello la población iba a «estar en riesgo» (be at risk), con lo que lamentablemente no usaron la locución inglesa más clásica que, casualmente, sí corresponde en español: «correr un riesgo» (run a risk). En ambos idiomas, lo que se hace normalmente con un riesgo es «correrlo» y no «estar en» que es muy pasivo, aparte de inusitado.

    Y por si acaso, en español lo que se hace con la ley es «hacerla cumplir», «aplicarla». Y con tan «alocados» delincuentes linguísticos, si la vulneración de las normas gramaticales fuera sancionable, los culpables correrían el riesgo de recibir una pena… ¡pero MAYÚSCULA!



    Las doce del «mediodía»

    Todos los días sin falta, en horas de la mañana, nos anuncia una cadena de Poca Visión que va a presentar cierto programa «a las doce del mediodía». Y como el espíritu de imitación es lo que es, vemos que repiten la frase diversas personalidades de la teleemisora. Solo falta que nos anuncien, tratándose de programas nocturnos, que se van a transmitir «a las doce de la medianoche».

    Creo que todos sabemos que las doce es hora que corresponde a la mitad del día o de la noche, sin que tenga que recordarnos la emisora, respecto a tal o cual emisión, que se difunde al «medio» de ese período. En español se dice simplemente «las doce del día» o «las doce de la noche», o en todo caso, tratándose de lo primero, «las doce meridiano».

    Si fuera una expresión pasajera que saliera al aire una sola vez y se acabó, santo y bueno. Podría pasar. Lo malo es que nos lo repita la emisora día a día, varias veces, como especie de mantra, lo cual va calando el error en la conciencia colectiva y desnaturalizando nuestro idioma por fuerza de esa misma repetición.

    Mejor/peor. Otro caso de reincidencia es el de un programa matutino que nos «Despierta» diariamente con simpáticos sainetes, entrevistas, música y demás. Entre los de su género, este programa es de los mejores. Fíjense bien que hemos dicho «mejores», adjetivo que califica a «programa»; pero si usáramos el adverbio, noten que sería invariable: por ejemplo, «uno de los mejor preparados». Lo decimos porque los jóvenes que conducen el programa con frecuencia tratan el adverbio «mejor» (o «peor») como si fuera adjetivo. El otro día, por ejemplo, nos dijeron de una cantante que «es una de las mejores pagadas» en el ámbito artístico. Bueno, sí, será una de las mejores, pero en cuanto a pagadas, lo que le va «pegado» es «mejor». Es como «bien»: se dice «bien pagadas» y no «bienes pagadas» ¿verdad?

    Anticipación. Nos dice una simpática presentadora que «el público esperaba el acontecimiento con gran anticipación». Aquí cabe la pregunta: ¿cómo lo iban a esperar, después que sucediera? Obedece ello a que «anticipar», «anticipación» significan, en español, cosas que se hacen o suceden por adelantado, o sea antes de lo previsto o del momento en que debían tener lugar. «Anticipar» no es, como en inglés, sinónimo de expectativa, que es algo totalmente distinto. O sea que el público lo que hace es «esperar ansiosamente», «ávidamente», «con impaciencia» o con «gran expectativa». Porque eso de «esperar con anticipación» es como decir «más después», «luego en el futuro» o, acaso, «las doce del mediodía».



    ¿«Caramelos» para Hillary, o Clinton?

    Las noticias de un canal televisivo importante nos dejan, cuando no atónitos, confusos. En una sola edición noticiera nos han dado varias joyitas que son dignas de comentario y, si es posible, de análisis.

    Primero, que ese admirable y joven púgil mexicoamericano, Óscar de la Hoya, tuvo una singular cita profesional con Ike Quartey, de Ghana, respecto a lo cual nos ha dicho la presentadora que fue «un combate cardíaco» (pronunciándolo «cardiáco», por cierto). No sabemos qué será eso de «cardíaco», a no ser que el encuentro fuera «de corazón a corazón», lo que nos parece algo más adecuado al Día de San Valentín —fue justo en la víspera del Día de los Enamorados cuando tuvo lugar— que a una pelea boxística. Es cierto que en los países hispanohablantes los narradores y comentaristas deportivos observan muchas veces que un emocionante final de partido «no es apto para cardíacos». Pero de ahí a que nos digan que se trata de «un combate cardíaco», bueno, digamos que hay mucho trecho.

    Ese mismo Día de los Enamorados, nos dio la misma presentadora una noticia relativa a la pareja formada por el señor Presidente Clinton y su esposa Hillary, dándonos a conocer que la primera dama llevaba con orgullo un prendedor en forma de corazón y que al preguntársele su procedencia apuntó complacida hacia su esposo. Hasta aquí muy bien. Pero luego agregó la presentadora una asombrosa observación, que copiamos textualmente a continuación: «Clinton le regaló caramelos a Hillary en una diferencia de trato desde que estalló el escándalo sexual».

    Primero, mucho dudamos que le haya regalado «caramelos» —traducción literal de «candy»—, pues es cosa que en la cultura nuestra se da a los niños, y la primera dama, con todo respeto, ya no es ninguna niña. El término «candy» no puede interpretarse al pie de la letra, pues es genérico y significa cualquier cosa dulce, como chocolates, bombones, etc., que fue con toda probabilidad lo que le obsequió el presidente a su esposa. Por otra parte, la atención dada por el presidente a su señora no puede decirse que representara «una diferencia de trato», pues lo que cambió no fue el trato que le dio él a ella, que siempre ha sido atento —al menos en público—, sino al revés, el que ella le dio a él. Era público y notorio que, cuando el escándalo estuvo en su apogeo, ella le demostraba un marcado desdén. Y conste que no la culpamos, sino que lo decimos únicamente en honor a la verdad.

    Por último nos comunicaron, en un segmento sobre la ayuda dada por las Fuerzas Armadas de EE.UU. a El Salvador con motivo de un grave desastre natural, que la «Fuerza de Tarea» norteamericana se retiraba luego de haber cumplido su misión humanitaria. Nos preguntábamos si sería una «fuerza de tarea» o una «tarea de fuerza», que sería cosa bien distinta, hasta que dimos con la clave: el inglés «Task Force». Así se le llama en la jerga militar a una «agrupación táctica», si se trata de accionevs bélicas, y a un «grupo de trabajo» o «unidad especial» si se le encarga una actividad pacífica.

    Lo que es tarea de mucha «fuerza» es ponernos a creer que hay «combates cardíacos» y que los «caramelos» son el regalo con que se siguen agasajando mutuamente las parejas de edad madura. En todo caso, ¿no serían los «caramelos» el regalo que le dio el Senado a Clinton al concluir el proceso de impugnación?